Actualmente la sociedad se abre hacia una realidad inclusiva y consciente donde todas las personas puedan expresarse sin temor a agresiones, represalias y humillaciones. Aunque el proceso es complejo, hemos identificado patrones que contribuyen a la normalización de comportamientos tóxicos, en su mayoría vinculados a nuestra sexualidad.

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La virgnidad como etiqueta social

El concepto obsoleto de la virginidad ha sido utilizado durante siglos para controlar y explotar la sexualidad de las mujeres y determinar su “valor”. Por supuesto, contiene un doble estándar: en las mujeres se trata de  la pérdida de pureza y/o un acto de entrega y amor rodeado de innumerables prejuicios; en los hombres una especie de iniciación que no implica consecuencias negativas.

Las mujeres son castigadas socialmente por tener sexo mientras los hombres son recompensados y celebrados — él es un galán, ella una fácil —. Si una mujer “pierde la virginidad” demasiado temprano, hay condena, se le considera promiscua o desesperada; si sucede tarde, también, es una quedada y algo anda mal con ella. La idea que coloca a la primera penetración pene-vagina como un evento crucial permanece arraigada y tiene orígenes en la noción retrógrada de que la mujer es una propiedad.

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Un concepto que invisibiliza

En tiempos anteriores era una forma de asegurar que un linaje se mantuviera intacto hasta el matrimonio, donde la hija pasaba del control del padre al del esposo. En algunas culturas todavía es un aspecto que puede determinar el destino y la calidad de vida de las mujeres.

No sólo es una ideología terriblemente sexista, también invisibiliza la experiencia sexual de personas que se identifican como lesbianas, gays, trans y/o queer al perpetuar estándares heteronormativos acerca de lo que debe ser una interacción sexual “real” que sólo considera modelos binarios convencionales.

Todavía hay múltiples discusiones sobre lo que realmente implica “perder la virginidad” (sorpresa: nada relevante) y porqué se le otorga importancia. La mercantilización del cuerpo femenino es una vieja tradición del patriarcado capitalista que continúa vigente. Si bien la virginidad es un concepto evidentemente dañino, ¿por qué sigue teniendo peso?

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Dar pie a nuevas visiones

Este diálogo surge, en buena parte, gracias al feminismo. Las nuevas generaciones cuestionan creencias obsoletas para abrir el panorama hacia ideas revolucionarias. Cada vez integramos más formas de percibir el placer sexual femenino sin tabúes.

Está claro que enseñarle a las futuras generaciones sobre sexualidad no se trata solamente de hablar sobre órganos reproductivos. Las niñas y adolescentes tienen derecho a crecer sin imposiciones sobre su maduración sexual y es urgente que tanto los núcleos familiares como las instituciones educativas abran espacios seguros para este tipo de conversación.

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