Aquellos que disfrutamos de los sustos coincidimos en que la temporada más tenebrosa del año es entre octubre y noviembre. Alrededor del mundo diversas culturas han asociado esta época con acontecimientos especiales tanto en la naturaleza como en el imaginario mitológico.

En México, un país con inmensurable mestizaje cultural, se entrelazan dos festividades importantísimas: Día de Muertos, de raíces prehispánicas, el primero y dos de noviembre, y Halloween, de origen europeo, la noche del 31 de octubre. Ambas contienen un arraigo de costumbres que ha ido cambiando y adaptándose, pero es prevaleciente la intención de honrar las almas de los muertos que durante esos días transitan este plano.

Es curioso adentrarse en los orígenes Europeos de Halloween, que llegó en el siglo XIX a Estados Unidos y consecuentemente a México, donde lo celebramos con dedicación. La mayoría de los historiadores sostiene que Halloween está estrechamente vinculado con Samhain, pronunciado Samhuinn, la ancestral festividad gaélica (Irlanda moderna) que marcaba el inicio de “la parte oscura del año”, la llegada del helado invierno. El final de la temporada de cosecha traía incertidumbre y escasez.

Desde aquel entonces, hace aproximadamente 2,000 años, la noche de Samhain era cuando los espíritus visitaban el reino humano, paralelismo presente en el Día de Muertos mexicano, ambos fenómenos conectados con los ciclos agrícolas. No todos sobrevivían las despiadadas condiciones climatológicas y era inevitable recordar a los que habían fallecido en inviernos anteriores. Entidades sobrenaturales cruzaban a nuestra dimensión y para asegurar la supervivencia propia y del ganado era necesario apaciguarlas con rituales, sacrificios y ofrendas. Por ejemplo, dejando comida afuera de las casas, lo que derivó en el dulce o truco actual.

De aquí también surge la idea de disfrazarse para ahuyentar espectros malévolos. En siglos anteriores se encendían gigantescas fogatas con intención de purificar y proteger, una costumbre que se conserva en muchos países, particularmente en Europa y Norteamérica. A lo largo de los años el carácter de estas celebraciones adquirió un tono caótico, las travesuras y los espantos se volvieron una parte fundamental con la que todavía nos divertimos.

Otro elemento inconfundible de la Noche de Brujas son los rostros tétricos tallados en enormes calabazas, iluminadas con velas desde el interior, conocidas como Jack-O-Lanterns. Las caras representan las apariciones asociadas con estas fechas y anteriormente se tallaban en nabos. Con la llegada del cristianismo, las tradiciones paganas se incorporaron a las prácticas de los evangelizadores y surgió All Hallow’s Eve, la Víspera de Todos los Santos y el origen etimológico de la palabra Halloween.

Aunque el cristianismo trató de erradicar el lado sobrenatural de Halloween y cambiar su energía hacia temáticas religiosas, la Noche de Brujas conservó su identidad pagana, en la actualidad lo vemos en la iconografía que apela al lado oscuro de la naturaleza y la vida humana: esqueletos, arañas, gatos negros y todo tipo de parafernalia tenebrosa inunda las calles y las viviendas. Al disfrazarnos revivimos usanzas que se nos han transmitido por cientos de años y hablan de nuestro pasado histórico, lleno de maravillas que no siempre nos detenemos a analizar.