El placer ha jugado un rol fundamental a lo largo de la historia de las sociedades, por siglos las personas han tratado entenderlo y analizarlo. Los resultados arrojaron posturas antagónicas; el mundo se partió en dos escuelas de pensamiento: Estoicismo y Hedonismo.

El Estoicismo propone que el placer se obtiene a través de la virtuosidad y la conexión con lo divino, pero bajo una perspectiva de control de los placeres físicos y materiales. Por su parte, el Hedonismo proponía la satisfacción en la tierra de cualquier tipo de placer. Por siglos, el Estoicismo ha sido la escuela de pensamiento predominante en los gobiernos, las religiones occidentales y los valores sociales mismos. Seguimos viviendo regidos bajos las leyes de su entendimiento del placer.

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Hoy, la definición de la Real Academia de la Lengua Española define al placer como: goce o disfrute físico, mental o espiritual producido por la realización o la percepción de algo que gusta o se considera bueno. Sin embargo, esta definición no contempla leyes intrínsecas ocultas que determinan la vivencia como que el placer puro es espontáneo e irrepetible. Pero tampoco habla de las anomalías generadas bajo la influencia del Estoicismo como meritocracia, sexismo, colonización, clasismo, racismo, exclusión y estereotipación.

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En nuestro reporte Plaser: Nuevos Discursos, realizado desde inicios del 2021 a través de diferentes metodologías cualitativas y cuantitativas, encontramos que antes de la pandemia las personas se encontraban en un momentum de Hedonismo pero no eran conscientes de ello, se habían habituado. Las sociedades vivían el placer en su máxima expresión, con una sed insaciable de nuevas experiencias físicas y materiales.

Desde diversas trincheras se apuntaló al Covid 19 como el castigo de fuego a la Sodoma global del siglo XXI. Los discursos que han rodeado a la pandemia hacen referencia a un castigo, a una advertencia sobre la necesidad de disminuir las actitudes y estilos de vida hedonistas. El impacto directo de la pandemia sobre la vida de las personas y su manera de experimentar placer, está reforzando esa creencia.

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Sin embargo, quedo claro que el placer no se crea ni se destruye, solo se transformó ante la llegada de una pandemia que reorganizó visiones y fuentes para dar cabida a nuevos discursos donde los placeres ontológicos han tenido mayor protagonismo y serán parte del ecosistema en las Nuevas Realidades.

Los placeres vinculantes, mentales, creativos, pasionales y espirituales han adquirido mayor relevancia. Los físicos se hicieron más complejos y han sido de los placeres más recurrentes. Los materiales se están resignificando.

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Los placeres físicos han sido y seguirán siendo el refugio de muchas personas, sobretodo a través de la comida y las bebidas indulgentes. En aquellos denominados vinculantes, resurgió el placer de conectar con la familia e intimar con personas significativas y socializar de manera masiva se convirtió en un placer disidente.

Los placeres mentales se convirtieron en una necesidad para liberar emociones negativas con actividad física, la fuga a realidades digitales y hasta limpiar. Los mismo sucedió con los pasionales y creativos que han permitido que muchas personas hayan encontrado placer en el enriquecimiento y la inversión de tiempo a cosas con significado.

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En el caso de los placeres espirituales se observó un renacimiento, ya que facilitaron que las personas pudieran encontrar y redefinir su sentido de vida. Por el contrario, en los placeres materiales se ha resignificado la experiencia de compra y para muchos también la manera de visualizar el consumo mismo.

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La pandemia del Covid 19 puede fungir como un catalizador para sanar, liberar el placer y favorecer la realización plena entre las personas, no como un castigo al hedonismo que se vivía. Hoy existe el potencial de disminuir las anomalías presentes en los discursos y las vivencias cotidianas para introducir placeres libres, incluyentes, auto sostenibles y éticos que hagan eco a una sociedad con ganas de vivir y realizarse.

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