La foto más antigua que se conoce data de hace 200 años y tomó una exposición de ocho horas utilizando un método rudimentario que ideó el inventor francés Joseph Niépce; la imagen muestra un castillo en Saint Loup de Varennes.

En 1828, el artista francés Louis Daguerre capturó la primera fotografía de un ser humano. Su intención era fotografiar el Boulevard du Temple en París, sin embargo, el tiempo de exposición en ese entonces era de siete minutos, lo que permitió que un boleador de zapatos y su cliente aparecieran en la imagen.

Durante la era Victoriana en Inglaterra, a mediados del siglo XIX, era costumbre para honrar la memoria de una persona fallecida fotografiarla sola o junto a sus familiares; en algunas de las imágenes podemos observar el contraste entre la inmovilidad del muerto, que aparece nítido, y el movimiento borroso de los vivos.

Rara vez recordamos que la foto es un medio visual relativamente reciente; hace apenas un siglo aparecer en una era algo inusual, un privilegio. En aquel entonces la espontaneidad era rara vez capturada, pues todos ensalzaban su aspecto para ser fotografiados; ¿quién lo sabría? Podría ser esa la única imagen de uno que prevaleciera. Se construían elaborados escenarios para las sesiones y una vez revelada la imagen se retocaba manualmente para embellecer al sujeto. Quizá es por eso que las fotos antiguas tienen un halo de misticismo. ¿Cómo sería si existieran fotos de Cleopatra, de Moctezuma, de Julio César?

Primer retrato Robert Cornelius 1839

Gracias a que la tecnología fotográfica fue evolucionando y las cámaras se volvieron más accesibles, la experimentación artística proliferó. En 1861, el fotógrafo inglés Thomas Sutton logró la primera foto a color cuando encimó tres placas: roja, verde y azul. Fue también Sutton quien comenzó a desarrollar la cámara réflex y el método panorámico, ambos adorados por fotógrafos en la actualidad.

Los primeros flashes se crearon detonando químicos con una chispa y utilizando la luz de la combustión para iluminar la imagen, lo que por supuesto causó un sinnúmero de accidentes. Por un siglo y medio fueron necesarios el revelado y la impresión, y aunque la primera cámara digital – que pesaba cuatro veces lo que una actual – fue creada por el ingeniero eléctrico Steve Sasson en 1975, fue hasta los 2000s que su uso realmente estalló.

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La manera de documentar la realidad a través de la foto ha evolucionado de forma acelerada, al grado que hoy la consideramos un aspecto absolutamente cotidiano. ¿Cómo tomábamos fotos hace diez años, hace veinte, cómo tomaban fotos nuestros papás, cuántas fotos conocemos de nuestros abuelos? Tener un álbum familiar ahora suena muy lejano, una fotografía impresa se ha vuelto un pedazo de memorabilia o una pieza artística.

En 2020 podemos tomar cientos de fotos a la vez, utilizar flash y almacenar cuantas imágenes nos plazca. Se estima que anualmente se captura un trillón de fotos; en promedio se suben 95 millones de fotos a Instagram diariamente y más de 300 millones a Facebook. La fijación por fotografiar la forma humana es tan obsesiva que está derivando en una era de excesos fotográficos.

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El ego puede ser controversial y difícil de entender, más aún cuando nuestra forma de resonar en la sociedad es a través de la apariencia. Podemos usar la fotografía de forma lúdica, recreativa o artística, pensar que los aspectos de la vida que elegimos plasmar tienen importancia personal o colectiva, pero debemos aceptar que es fácil dejarse llevar por el egocentrismo de embellecernos con filtros y complacernos con selfies ociosas e innecesarias.

¿Está perdido el significado de la forma humana en el consumo de imágenes? Por supuesto que no, y jamás lo estará. Pero nuestra mente ya no mira lo mismo que hace 50, 70 años, un siglo. Quizá sea purista comparar con la refinación y sofisticación de las fotos de hace 150 años, pues hay que reconocerlas como sucesos fuera de lo común, sobretodo al intentar conectarlas con el flujo de imágenes actual, tan descontrolado que es difícil juzgarlo.

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El registro constante de la vida humana tiene valor antropológico, pero apenas estamos midiendo las implicaciones psicológicas de experimentar una realidad en la que prácticamente todo puede ser registrado en foto y/o video, y divulgado a nivel mundial, muchas veces sin respetar la privacidad e integridad de los individuos.